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Criticas

Roberto de Espada

El fútbol como tema (1990)

Este logro de Gerardo Mantero es una deliberada conquista que se efectiviza por medio del acrílico u óleo pastel o de los lavados que evocan la acuarela, y por un cuidado dibujo que no yerra cuando quiere exponer difíciles escorzos. GM se sitúa como espectador de un “match” imaginativo y dispuesto a regístralo en diversas instancias. Esta postura implica un conflicto de competencias ya que así dicho la tarea competiría al terreno de la fotografía. GM resuelve el conflicto acentuando lo que es de pura raíz visual: dibujo, color y la anonimia que surge cundo el artista niega los rostros que son resueltos con manchas de color. Osvaldo Reyno, con la pericia que es habitual en él realiza: pinta una cancha en el piso, e inventa un tejido que simula el de las redes de los arcos donde se cuelga las obras: así genera un campo “paratextual” que crea un ámbito adecuado para la metáfora. La banda sonora realizada por Luis Restuccia, incluye canciones del mismo Mauricio Ubal, de Jaime Ross, y de Jorge Lazarroff. Todo se conjuga para dar relieve a una serie de obras muy interesantes, realizadas con precisión y de excelente colorido.

Roberto de Espada – 1981

Dibujante Imaginativo. (1981)

En las dieciséis obras que Gerardo Mantero expone en la Alianza Francesa queda clara-en primer termino- la excelente escuela de dibujante que lo asiste: Hilda López aparece-en este caso- pudiendo enorgullecerse de un alumno que ha sido guiado por las férreas (sí que seductoras) avenidas del dibujo sin permitírsele caer ni en facilismos ni en estereotipos resolutivos aptos para cualquier oportunidad.

Su trazo es definido minucioso y -más que su nuda expresividad-confía en él integrándolo a un sistema de recursos, en un contexto casi anecdótico, temático.

Mantero: lo denso y lo leve (2001)

En varias de estas obras los trazos figurativos con carbonilla son como signaturas del conjunto: huellas del origen / transparencia final. No son lo más visible sino eco del dibujo. En esas figuras (rostros, cuerpos, contorsiones, torcimientos) está lo que el ojo ve después de mirar. Antes está la pátina del color, su destello opacado. Detrás o después, en esos restos/ rastros, el ojo constata la densidad de lo leve, la levedad de lo denso. Mantero mantiene la dimensión “temporal”, pero ahora su composición está menos supeditada al encuadre tipo “historieta”. Aquí el follaje cromático atiborrado/ borrante del dibujo-en una veta expresionista que llega hasta el borde de lo abstracto y se detiene-es más protagónico. O sea: pulsión y control, fusión con diversas estéticas y silencio propio. De allí la doble fusión de opuestos que sus obras producen: una densidad transparente/ una levedad profunda.

 

Luis Bravo.

Donde se discute lo esencial

Arte y sociedad///

/// Desde la fóvea

 

La política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos

Dónde y cuándo se discute lo esencial

La necesaria interpretación de los cambios que se producen vertiginosamente a nivel planetario, más los desafíos de un país que, si bien mejora algunos indicadores (empleo, disminución de la pobreza), no logra superar las patologías sociales emergentes de la ruptura social, requieren la creación de un nuevo escenario que supere el divorcio existente entre el pensamiento y la praxis política. Es imperioso pasar de los planes de emergencia, a instancias donde se persiga el objetivo de crear un proyecto de país, dándoles a la educación y la cultura la centralidad necesaria, que permita superar la “ghuetización” territorial y espiritual.


Gerardo Mantero

La civilización occidental está viviendo una crisis de sentido, que agudiza la búsqueda de nuevos significados y evapora la idea de que el futuro va a ser mejor. Existen dos factores que pautan el estado de situación del presente: el vértigo que imprime la innovación tecnológica y la ruptura con el pasado. Las sociedades se “futurizan”; la gente compra a crédito su futuro, teniendo como única certeza que lo que hoy tiene vigencia y utilidad, inexorablemente va ser obsoleto en muy poco tiempo. El filósofo esloveno Slavoj Žižek* se refiere al tema: “Para caracterizar nuestra situación, económica y política, ideológica y espiritual, no puedo dejar de recordar una historia probablemente apócrifa. Se trata de un intercambio de telegramas entre los Estados alemán y austriaco durante la Gran Guerra. Los alemanes habían enviado un telegrama a los austriacos diciéndoles: «Aquí la situación en el frente es seria pero no catastrófica», y los austriacos respondieron: «Aquí la situación es catastrófica pero no seria». Y eso es lo catastrófico: no podemos pagar las deudas pero, en cierta forma, no lo tomamos en serio. Y además de ese muro de deudas, la época actual se acerca a una suerte de «grado cero». En primer lugar, la enorme crisis ecológica nos impone no continuar en esta vía político-económica. Segundo, el capitalismo, como sucede en China, ya no está naturalmente asociado a la democracia parlamentaria. Tercero, la revolución biogenética nos impone inventar otra biopolítica. En cuanto a las divisiones sociales mundiales, crean las condiciones de explotación y alzamientos populares sin precedentes. La idea de colectivo también se ve afectada por la crisis”.

Este escenario de extrema complejidad plantea la dicotomía que implica crear pensamiento a partir de coordenadas inciertas e inasibles por momentos, y la necesidad vital de repensar las sociedades para adueñarse, en cierta forma, de ese futuro de ciencia ficción que las puede arrastrar caprichosamente, para dejarlas en el lugar exacto al cual no querían llegar.

 

La vida en guetos

Nuestro país sufrió un proceso de deterioro social que tiene como máxima expresión dos períodos recientes: la década de los noventa y la crisis de 2001. En un Uruguay con serios problemas en su constitución poblacional, se consolidaron cuatro fenómenos paralelos que han erosionado definitivamente el entramado social: los cambios en el mercado de trabajo, en la constitución de la familia, en la educación y sus consecuencias en la relación de convivencia ciudadana. El cambio en la estructura productiva determinó la pérdida de 90.000 puestos fabriles y la ruptura con la cultura obrera. (Estos trabajadores migraron en el mercado en condiciones de alta fragilidad y precarización del trabajo). Y también modificó el mapa de las ciudades, teniendo su máxima expresión en Montevideo. El sociólogo Gustavo Leal así lo explica: “… se generó un proceso de ocupaciones de tierra promovidas por las organizaciones sociales de izquierda, que a la larga se convirtió en un boomerang para la integración social. Sobre la utopía de generar focos de poder en base a la ocupación de tierras, se abrió la ciudad hacia frentes que estaban desprovistos de servicios y lo que se generó fue una multiplicación de ghettos”.

La fiesta neoliberal tuvo su máxima expresión en el gobierno de Menem –cuando se acuñó la frase “pizza con champagne”–, con el auspicio del Fondo Monetario Internacional (y tuvo su versión “a la uruguaya” fundamentalmente en los gobiernos de Lacalle y Batlle). Por otro lado, las dificultades de interpretación del proceso que determinó la caída del muro de Berlín, por parte de la izquierda, ejemplifican una de las problemáticas a la hora de crear pensamiento. Lo que además tiene que ver con las ópticas dogmáticas, que estrechan la mirada y no se ajustan a definiciones certeras que actúen sobre la realidad.

Es imprescindible crear un nuevo pacto, con reglas claras, entre los responsables de generar pensamiento (la academia, los intelectuales, los trabajadores) y las desgastadas estructuras de los partidos políticos, regidas por lógicas electorales y acostumbradas a apagar incendios. Tal vez así se pueda enfrentar la compleja encrucijada de un país que, según el sociólogo Leal, está partido en tres: el Uruguay excluido (el que rompió con el pacto de convivencia), el Uruguay vulnerable (sectores medios) y el Uruguay de elite (que ya no comparte los espacios comunes, creando un corredor Montevideo-Punta del Este y el exterior). Y quizá también se pueda transformar el clima reinante que, tanto por los cambios planetarios como por la realidad circundante, redunda en una guetización cultural donde conviven, sin escucharse, los partidarios del “sálvese quien pueda”, los que pretenden reinstaurar la vieja armonía social, y los excluidos, que crean códigos de supervivencia.

En el plano cultural, concretamente, esto se traduce en cambios de la matriz, a partir de la incidencia de varios factores. En un reciente trabajo de investigación del consumo cultural en el Uruguay de hoy día, realizado por Rosario Radakovich*, se explicaba la incidencia de estos nuevos condicionamientos: “… dado que la matriz social se ha empobrecido y ha aumentado la fragmentación social, se postula que la cultura se transforma en uno de los intensos mecanismos locales de diferenciación y distinción social del período. En este sentido, los hábitos de clase siguen siendo relevantes para explicar los espacios sociales del gusto y las rutinas culturales, mostrando que la cultura es un factor no solo de equidad e integración sino también de desigualdad y exclusión”.

 

Educación, educación, educación

Paradójicamente, las condicionantes del comercio mundial y el buen manejo de la economía de los gobiernos de izquierda no pueden derribar la sensación de que se está en un estado permanente de emergencia. La emergencia más reciente es la referida a la educación. La interrogante estriba en cuándo y dónde se debe discutir lo esencial sobre los temas cruciales, discusión que redunde en un proyecto de país más allá de los eslóganes –“país natural”, “país productivo”, “país sustentable”–, y se eviten las contradicciones que se producen entre los diferentes enfoques cuando no reposan sobre un plan maestro. (La minería a cielo abierto; el puente sobre la laguna Garzón; el crecimiento horizontal de la ciudad, que barre con todo sin importar la riqueza patrimonial; etcétera, etcétera).

El reciente conflicto en la educación refleja claramente estas carencias, ante la arremetida de la directora del Liceo Bauzá (sin que se dijera nada nuevo) y los desbarajustes que generó el proyecto “Pro Mejora”. En ningún caso se escuchó decir, a las autoridades de la educación, cuáles son los conceptos que rigen las políticas referidas a la educación y la cultura. Tímidamente, se bordearon algunas de las problemáticas centrales: si educación para el mercado o educación para formar ciudadanos; o el señalamiento, como un factor negativo, de la creciente preponderancia de las estructuras corporativas. Que la realidad es compleja y contradictoria es ya sabido, pero ¿dónde están los técnicos en educación? El presidente, cuando en el acto inaugural de su gobierno proclamó “educación, educación, educación”, ¿tenía un proyecto estructurado?

Hay que dar a los educandos las herramientas actuales para que logren su futuro en el mercado de trabajo, pero también hay que cuidar la calidad de la democracia. El tema de la educación es motivo de discusión en el mundo. La educadora Martha C. Nussbaum* reflexiona al respecto: “Se están produciendo cambios drásticos en aquello que las sociedades democráticas enseñan a los jóvenes, pero se trata de cambios que aún no se sometieron a un análisis profundo. Sedientos de dinero, los estados nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva a la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales capacitados de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos. El futuro de la democracia a escala mundial pende de un hilo”.

El reciente acuerdo interpartidario referido a la educación significa una buena señal, por el involucramiento de todos en el tema de mayor relevancia que tiene el país; pero no va a cambiar sustantivamente la realidad, por las limitaciones naturales implícitas en este tipo de acuerdos, y porque el espectro político actual no demuestra estar apto para resolver esa clase de desafíos.

 

No todo está perdido

La ciudad de Medellín era de los lugares de mayor conflictividad en Colombia, por la acción del narcotráfico y sus nefastas consecuencias (más de 30 muertes por día, droga, jóvenes sicarios, corrupción).

En ese marco, desde la Alcaldía de Medellín se creó un proceso de transformación de esta cruenta realidad, liderado por quien se desempeñó como secretario de Cultura Ciudadana de la Alcadía de Medellín, en dos períodos (octubre de 2005 a agosto de 2007), Jorge Melguizo*. Este comunicador y gestor cultural fue el responsable en primera instancia de imponer un discurso épico, que tenía a la cultura como el factor determinante a la hora de reconstruir una sociedad fragmentada. Para ello se crearon infraestructuras culturales de primer nivel en los barrios periféricos de la ciudad; él las llamó “trampas culturales”, porque actúan como espacios de contención y aprendizaje para una población vulnerable, en su mayoría constituida por jóvenes ociosos que eran atrapados por la acción del narcotráfico.

El año pasado Melguizo fue invitado, por las Direcciones de Cultura de las Comuna Canaria y de Montevideo y por la Facultad de la Cultura del Claeh, a dar un ciclo de conferencias. Allí contó cómo se instrumentó este cambio, que le valió el apodo de “pacificador de Medellín”. El primer impacto que se tiene es el de estar ante un auténtico líder carismático, con bagaje intelectual y con una gran capacidad de seducción, que maneja una serie de conceptos claros, que son el basamento de su accionar. “La política es muy importante para dejarla en manos de los políticos”, por ejemplo. Pero también explicaba que, cuando se construyen espacios de convivencia social, como las plazas comunitarias, estas “son muy importantes para dejarlas en manos de los arquitectos”. Culminó con un tema álgido en nuestro país: “el Estado es demasiado importante para dejarlo en manos de los funcionarios”. Desde su gestión, se convenció a sus congéneres de que la cultura es sinónimo de desarrollo y de cambio social, y se concretó la construcción de espacios de convivencia (bibliotecas, salas de exposiciones, equipamiento informático de alto nivel) que, a su vez, son el resultado de procesos de participación de todos los estamentos de la sociedad.

Más allá de las dificultades que implica la extrapolación de modelos, lo que deja la visita de Melguizo es la convicción de que la inversión en cultura, cuando es acompañada con capacidad de liderazgo, planificación y eficiencia en la gestión, es ineludiblemente el camino a recorrer si se quiere transformar la sociedad.

Las sociedades también compran su futuro a crédito, en la toma de decisiones y en la capacidad de repensarse, ante una realidad planetaria intrincadamente compleja.

 

*Slavoj Žižek (Liubliana, 21 de marzo de 1949). Filósofo natural de Eslovenia. Su obra integra el pensamiento de Jacques Lacan con el marxismo.

*Martha Nussbaum (Nueva York, 6 de mayo de 1947). Filósofa estadounidense. Sus trabajos se centran en la filosofía antigua, la filosofía política, la filosofía del derecho y la ética.

*Jorge Melguizo (Medellín, 14 de marzo de 1962). Comunicador social, gestor cultural, se desempeñó como secretario de Cultura y Ciudadanía de la ciudad de Medellín, en dos períodos.

*Rosario Radakovich. Licenciada en Sociología desde el año 1998, Diploma de Postgrado en Estudios Internacionales e Integración Regional (Facultad de Ciencias Sociales, UDELAR, 1999-2000). Recientemente editó un trabajo de investigación en el área de la cultura, Retrato cultural, Montevideo entre cumbias, tambores y ópera.

¿Se puede hacer una obra que no sea una obra de arte?

Marcel Duchamp y después

La Fundación Proa de Buenos Aires, realizó durante el pasado noviembre de 2008 el Coloquio Internacional Marcel Duchamp. El hecho ofició de marco para la ampliación del edificio ubicado en la rivera del barrio La Boca; una flamante locación que evoca la tensión entre tradición y modernidad, y contempla los parámetros arquitectónicos previstos para los templos del arte contemporáneo. Amplias y asépticas áreas funcionales al servicio de una ciudad que no deja de deslumbrar por sus contrastes. Estas divergencias se pueden advertir desde las terrazas del complejo, que dan hacia el riachuelo donde luce todo el folclorismo del popular barrio porteño; un espacio multicolor y paseo turístico con toques kitsch. Dialéctica visual de una urbe donde convive la sofisticación del primer mundo con las secuelas sociales de una historia política cruenta. Inequívocamente estamos en Latinoamérica, perspectiva periférica para redimensionar una obra clave como la de Marcel Duchamp, por su carácter transgresor y por las consecuencias que de ella derivaron. Entre otras, cabe señalar la de fundar un camino sobre el cual fue mutando la exigencia de la manualidad por la de un arte del pensamiento. El suceso de la presentación del mingitorio en el salón de París (1917) fue responsabilidad de uno de los hombres más inteligentes que dio el arte del siglo XX; un período marcado por rupturas que respondían a un momento específico de la especie humana: el mundo se sacudía como una coctelera a punto de explotar.

El legado de una obra que se proyecta desde el pasado y que es motivo para interrogarnos sobre la contemporaneidad, revela un correlato de manifestaciones que —respondiendo a las tensiones del momento— se transforman en sucesos hereditarios, como el caso de Damien Hirst; creador de una nueva fórmula: artista/operador del mercado.
Gerardo Mantero
En la sala principal del remozado edificio bonaerense se montó una muestra curada por la historiadora de arte Elena Filipovic —estadounidense de origen belga— que reúne ciento veintitrés piezas de Duchamp: obras sobre papel, objetos, fotografías, proyecciones y documentos. Entre ellas se destaca la reproducción El gran vidrio, perteneciente al Moderna Museet de Estocolmo. También se incluyeron obras de colecciones privadas, del Philadelphia Museum of Art y del patrimonio de la sucesión Duchamp en Francia. La exposición tenía como eje central un coloquio que contó con la presencia de destacados teóricos, artistas y curadores, provenientes en su mayoría de universidades y museos de Estados Unidos y Europa. El título elegido para dicho encuentro fue tomado de una interrogante que se planteó Duchamp: «¿Puede uno hacer una obra que no sea una obra de arte?», cuestionamiento cardinal de un artista que caminó sobre la cornisa hasta apropiarse del abismo que significa darle estatus de obra artística a un mingitorio.
Existen múltiples factores para comenzar a desentrañar su peripecia creadora, una de las bisagras de la historia del arte. Para comenzar, es imposible soslayar lo crucial de la época que le tocó vivir y el contexto privilegiado que le permitió ser un culto e irónico contemplador de su tiempo.
El artista francés nació el 28 de julio de 1887 en Blainville-Crevon, un pequeño pueblo al nordeste de Ruan, en el seno de una familia acomodada que cultivaba el gusto por las artes y el ajedrez, juego que Duchamp practicó a lo largo de toda su vida y que incidió en su obra. Su madre seguramente heredó de su padre, armador de barcos, su afición por la pintura y el grabado. Su marido, un notario de éxito, llegó a ser alcalde de Blainville-Crevon. En este escenario parece natural que algunos de los integrantes de la familia se dedicaran al arte y que contaran con el beneplácito y apoyo familiar. A tal punto que, cuando los hermanos de Marcel dejaron las carreras de medicina y abogacía —Gastón se dedicó a la pintura y adoptó el nombre Jacques Villon, Raymond optó por la escultura y cambió su nombre por el de Duchamp-Villon— para consagrarse al arte, su padre les anticipó parte de su herencia familiar. Esa misma actitud asumió cuando Marcel, en el otoño de 1904, se instaló en París en la casa de su hermano Jacques, en Montmartre.
En la famosa entrevista que Pierre Cabanne hace a Duchamp (1965), a poco de cumplir este los ochenta años, ante la pregunta: «Cuando mira hacia atrás, ¿cuál es su primer motivo de satisfacción?» el artista responde: «En primer lugar, el haber tenido suerte. Porque nunca he trabajado para vivir. Considero que trabajar para vivir es algo ligeramente estúpido desde el punto de vista económico. Espero que llegue el día que se pueda vivir sin tener la obligación de trabajar».
Entre 1887 (año de su nacimiento) y 1968 (año de su muerte), Duchamp fue testigo de invenciones, conflagraciones y cambios de paradigmas que transformaron la manera de entender el mundo para siempre. A modo de ejemplo: en 1905, Sigmund Freud fundó el psicoanálisis; en 1910, Einstein formuló la teoría de la relatividad; en 1928 se emitió en Nueva York el primer filme sonoro; se desarrollaron dos guerras mundiales (de 1914 a 1918 y de 1939 a 1945); en 1929 se derrumbó la Bolsa en Nueva York; en 1933 el nazismo comenzó su sombrío camino. De 1936 a 1939 se produjo uno de los enfrentamientos de mayor crueldad que conoce la historia: la guerra civil española. En 1945 se experimentó con la primera bomba atómica y en 1957 comenzó la gran disputa de la guerra Fría por la conquista del espacio, que culminó en 1962 cuando se activó el primer satélite de comunicaciones Telestar. En 1969 los estadounidenses concretaron la llegada del hombre a la Luna.

Estos son algunos de los hechos que se dieron en una época de gran combustión, donde se trataba de cambiar el estado de las cosas y del espíritu, de manera radical y continua. Un campo fértil para el arte, que interpretó su tiempo con la irrupción de las vanguardias de la modernidad: el cubismo, el surrealismo, el futurismo, el fauvismo, entre otras. Estas produjeron un cambio en la manera de percibir el universo visual. Marcel Duchamp tuvo relaciones intrincadas con algunas de estas tendencias: «Entre 1906 y 1911 oscilé entre diferentes ideas: fauvismo, cubismo, y a veces probando cosas más clásicas. El descubrimiento importante para mí fue Matisse», explica. En 1912 se produjo un hecho radical en el proceso de su obra, presentó Desnudo bajando la escalera en el Salon des Indépendants. La obra representaba, para el autor, «la convergencia de varios intereses: entre ellos, el cine y la separación de las posiciones estáticas de los fotocronogramas de Marey en Francia, y de Muybridge y Eakins en América». El teórico cubista y miembro del comité de selección, Albert Gleizes, les solicitó a los hermanos de Marcel que lo persuadieran para retirar voluntariamente el cuadro. Desde ese momento comenzó a replantearse su relación con la institución arte y su funcionamiento. De ese modo reafirmó la dirección de sus inquietudes: «Mi biblioteca ideal sería una que contuviese todos los escritos de Roussel, de Brisset y tal vez Lautréamont y Mallarmé. He aquí la dirección de la periferia que debería tomar el arte: la expresión intelectual por delante de la expresión animal. Estoy harto de la expresión ‘Tonto como un pintor’».
La otra razón que esgrimió para dejar la pintura para siempre fue su relación con el medio artístico: «El roce diario con los artistas, el hecho de vivir con los artistas, de hablar con artistas, me disgusta profundamente». A partir de ese suceso trazó su camino en solitario y se dedicó a escribir y acopiar objetos que acumulaba descuidadamente en su taller, los cuales se transformarían en sus famosos ready mades. Cuando Pierre Cabanne lo interrogó en la mencionada entrevista, Duchamp comentó: «La palabra ready made no apareció hasta 1917, cuando fui a los Estados Unidos. Me interesó como palabra. Cuando puse una rueda de bicicleta sobre un taburete y la horquilla cabeza abajo, no había en ello una idea de ready made, ni siquiera de cualquier cosa; se trataba, simplemente, de una distracción. Ni siquiera de exposición ni de descripción». Cuando se le preguntó qué determinaba la elección de los objetos, respondió: «Es muy difícil elegir un objeto debido a que, al cabo de quince días, uno acaba apreciándolo o detestándolo; se debe llegar a una especie de indiferencia tal que uno no posea una emoción estética. La elección de los ready made estará siempre basada en la indiferencia así como en la creencia total de buen o mal gusto».
El humor y el azar son dos elementos que tuvieron incidencia en distintos períodos de la trayectoria de este artista que no tuvo prisa de construir una carrera; lo suyo fue más bien un placentero paseo, distante e irónico. Un ejemplo de ello se aprecia cuando pinta un bigote y barba a una reproducción de La Gioconda, broma casi infantil a cuyo respecto confesaba: «No quería que me llamaran artista. Quería aprovechar la posibilidad de ser un individuo, y supongo que lo he logrado, ¿no? Esa posibilidad entraña un desafío: abjurar de la ética del trabajo para simplemente entregarse a la vida y al capricho del azar». Así, tituló el famoso urinario como Fountain ‘fuente’, revirtiendo su función. Escribió, en su Mona Lisa con bigotes, las iniciales L.H.O.O.Q, que pronunciadas rápidamente en francés significan ‘ella tiene calor en el culo’. O la foto de Duchamp con peluca y sombrero de dama, Belle Haleine.

Trabajó en El gran vidrio desde 1915 hasta 1923, año en que la dio por «definitivamente inacabada». En ese período la pieza sufrió una rajadura que Duchamp valoró como un accidente privilegiado: «El azar puro me interesaba como una forma de ir contra la realidad lógica». Esta creación está imbuida por otra de las líneas de interés de Duchamp: la ciencia y la industria. Hacia finales de 1912, su amigo Francis Picabia le consiguió un puesto de bibliotecario en la Bibliothèque Sainte-Geneviève. Allí tomó contacto con las matemáticas y la física, disciplinas que a partir de distintos descubrimientos eran objetos de atención y discusión en los circuitos artísticos e intelectuales. Las nuevas innovaciones en la materia tenían que ver con el radio y la radiactividad, los rayos X y, sobre todo, el electrón y sus leyes.
Estos cambios conceptuales referidos a la ciencia estaban resumidos en la obra del matemático y físico Henri Poincaré, quien sostenía que la física atravesaba un estado de «desmoronamiento general de los principios», y afirmaba que la ciencia atravesaba «un período de duda y de grave crisis». Sostenía que no había teoremas que pudieran considerarse exactos: «la ciencia no puede alcanzar las cosas en sí, sino solamente las relaciones entre las cosas… Fuera de estas relaciones, no existe una realidad cognoscible». Esta frase resume el leit motiv de toda su investigación a partir de 1912. Fernand Léger recuerda que en ese mismo año visitó una exposición de tecnología aeronáutica en compañía de Constantin Brancusi y de Duchamp. En esa oportunidad, este último se dirigió a su colega afirmando: «La pintura ha muerto. ¿Quién podría hacer algo mejor que esta hélice? Dime, ¿serías capaz de hacerlo?» En su estadía en la biblioteca de Sainte-Geneviève estudió los tratados de perspectiva, de geometría y proporciones, conocimientos que aplicó en los diez años siguientes, mientras trabajó en El gran vidrio.
Otra de las vertientes de su obra es el erotismo y la sexualidad, por su potencia de comunicación universal. El historiador de arte Lawrence Steefel decía al respecto: «Para distanciarse de sus propios fantasmas, Duchamp buscaba convertir el pathos en placer y la emoción en pensamiento. El mecanismo de conversión es extraño, pero consiste en inventar un juego de desplazamiento que proyecte los conflictos y destile las emociones en objetos y construcciones de sustitución, sin los cuales no habría podido conservar su equilibrio mental».
Ese talante, que implicaba una falta aparente de trascendencia, coadyuvó a darle a su obra un estado de máxima trasgresión a la luz de los paradigmas y altisonantes rupturas en el campo del arte. Sin embargo, la postura de Duchamp era casi la culminación de una corriente que revirtió el poder del Estado —con respecto al arte— en Francia. La Real Academia de Pintura y Escultura, fundada 1648, tenía el monopolio de la educación de los artistas. El Estado tenía un control total de los estamentos del arte. En el siglo XIX se produjo una rebelión en contra de ese monopolio, que había sido responsable de rechazar reiteradamente a Manet. En 1880, el salón colapsó y la situación de conflicto culminó cuando fueron aceptados siete mil artistas y el Estado transfirió la organización a los propios creadores. Así surgió la Asociación de Artistas Independientes.
Más tarde, ya instalado en Nueva York —adonde emigró escapando a la posibilidad de ser reclutado, situación que se repitió en 1955 para trasladarse esta vez a Buenos Aires, ya que se había nacionalizado ciudadano estadounidense— Duchamp se convirtió en el artista más famoso en los Estados Unidos tras el suceso que se produjo con la presentación de Desnudo bajando la escalera —obra que había sido rechazada en 1912— en la célebre exposición Armory Show, que se llevó a cabo en la armería del 69º Regimiento en Nueva York. Fue una muestra controversial: algunos críticos se mofaron de ella calificándola de «circo» y otros se deslumbraron por el carácter experimental que contradecía el concepto de arte existente en esa época. Luego de su llegada a Estados Unidos, conoció a Louise y Walter Arensberg, quienes fueron sus principales coleccionistas y mecenas; incluso vivió en el mismo edificio que ellos. Pagó el alquiler de su apartamento con El gran vidrio, que finalmente quedó en poder de los Arensberg. A su vez, Duchamp ayudó a sus mecenas a reunir una colección de arte moderno, cuya mayor parte se encuentra actualmente en el Philadelphia Museum of Art.
Durante su estancia en Estados Unidos, el artista francés se convirtió en un astro que desplegaba su embriagador encanto en los circuitos culturales. Así lo describió el escritor Henri Roché: «Pese a su incorregible pesimismo, hacía gala de una ironía deliciosa. Su aire de estar de vuelta de todo, sus elaborados juegos de palabras, su desprecio de todos los valores, incluidos los sentimentales, contribuyeron en gran medida a la curiosidad que despertaba en los demás y a la fascinación que ejercía sobre hombres y mujeres».
En Buenos Aires, el emprendimiento de la Fundación Proa revivió el interés de este controversial artista. Durante todo el 2008 los especialistas duchampianos debatieron sobre este icono que se enfrentó al arte retiniano y, como respuesta, propuso un arte conceptual que se mofó de sus colegas y de su ilustrado entorno. A tal punto que una de las lecturas de su obra la define como una gran humorada. Sin embargo, para otros, es una excepcionalidad que tuvo una inmensa consecuencia posterior. El teórico belga Thierry de Duve —especialista en la obra de Duchamp—, explica la incidencia que tuvo este hito en la historia del arte: «Duchamp instaló el mensaje de que es posible hacer arte con cualquier cosa, aun con un mingitorio, con su correspondiente correlato “cualquiera puede ser un artista”». Fue recién en la década del sesenta que el mundo del arte asimiló su legado. Al decir de Thierry de Duve, y a contrapelo de la impronta de esa época, «nunca fue un utópico; era más un observador cínico que un renovador entusiasta». Esa obra también tuvo su herencia bastarda; la de aquellos que, viviendo en un momento histórico diferente, redujeron su filosofía al mero cinismo del intercambio de bienes. Un ejemplo paradigmático es la actual estrella de arte contemporáneo Damien Hirst, quien, a pesar de todo, también ha modificado algo: la relación del artista con el mercado. Con el advenimiento del siglo XXI, Hirst inauguró el formato artista/operador del mercado.
El arte de cambiar las reglas del mercado
Mucho tiempo transcurrió desde la época en que Duchamp proponía su visión del arte, determinada por algunas constantes que se repiten: los descubrimientos científicos, las invenciones tecnológicas, las guerras y las debacles financieras. Lo nuevo es el fenómeno de la globalización y la consiguiente interdependencia a tiempo real que se origina cuando suceden crisis como la que actualmente estamos padeciendo. Crisis que tuvo su epicentro en la eclosión de la burbuja inmobiliaria —remolcando al abismo hipotecas y créditos en Estados Unidos— y cuya arista novedosa es el papel preponderante que cobró en ella la comunicación. Cualquier ciudadano puede hurgar en todas las bolsas del mundo, minuto a minuto, para estar al tanto de las economías de cualquier parte del planeta. Lo que se repite son los planes de salvataje instrumentados por los distintos Estados y la idea de que los países poderosos pregonen las políticas de libre mercado y la no intervención de sus gobiernos.
Los defensores a ultranza del capitalismo, como Guy Sorman, afirman que «la crisis forma parte del sistema», se basa en «ensayo y error». Esto no significa otra cosa que, cuando las tendencias son positivas, se enriquecen los mismos actores de siempre con un goteo de la prosperidad, que beneficia a los que están sobre la línea de flotación sin que se corrija debidamente la distribución de la riqueza. Cuando se produce ese error —como el que desencadenó esta crisis— se pierden puestos de trabajo, se acrecienta la fragmentación social y se resiente el apoyo a proyectos culturales y educativos. La misma desproporción se produce entre los países periféricos y los países centrales.
Estas disímiles realidades, como siempre, son reflejadas en el arte. En el caso de la literatura, se pueden verificar estas diferencias: mientras los escritores en boga, como Michel Houellebecq, describen a seres egoístas e insatisfechos enfrentados a la nada sin remedio, del otro lado del planeta, escritores como Bolaño y Villorio retratan las heridas sociales de las víctimas de los crímenes del narcotráfico. Mientras artistas plásticos relevantes en Argentina (León Ferrari, Luis Felipe Noé, Adolfo Nigro, Ricardo Longhini, Ana Maldonado) autofinancian la impresión de grandes carpetas tituladas Imágenes urgentes, como respuesta indignada contra el olvido y la injusticia, en la «Europa dormida y resignada» —al decir de Gianni Vattimo— el inefable Damien Hirst envía 223 obras a remate evitando la intermediación de las galerías y obteniendo por esa transacción 200 millones de dólares. De esta forma, el ganador del Premio Turner de 1995 revierte un «acuerdo tácito» que existía en el mundo del arte, por el cual las casas de subastas no podían vender obras de cinco o más años de existencia: la obra reciente era territorio de las galerías. Sotheby’s existe desde el 11 de marzo de 1744 y nunca había vendido una obra nueva de artista vivo directamente al público.
En el pasado existieron artistas que tuvieron en cuenta el mercado del arte, como Picasso, Dalí y Warhol. Los tres —más allá de sus respectivos talentos— se autopromocionaron, fueron provocativos y empresarios de sí mismos con el resultado inherente de alcanzar resultados económicos exorbitantes. En el caso de este alumno de Bellas Artes del Goldsmiths College, el artista salta el mostrador para transformarse en un operador del mercado, revirtiendo tendencias, recomprando su obra para volver a venderla en remates y amasar una fortuna mayor a la de Mick Jagger, Elton John y J. K. Rowling (creadora de la saga Harry Potter), suma estimada en US$ 354.000.000 (aunque fuentes cercanas al artista aseguran que en los últimos tiempos duplicó esa cifra). Uno de sus éxitos es haber vendido la famosa calavera con 8650 brillantes en 100 millones de dólares a un consorcio integrado por él mismo, su manager Frank Dunphy y sus propios galeristas —Larry Gagosian y Jay Jopling—, relación que pasó por alto cuando decidió concretar la riesgosa jugada de mandar a remate obra «fresca».
Esta innovación de las reglas del mercado se realizó en el preciso momento de la caída del Lehman Brothers, hecho que desató la crisis mundial —dato no menor ya que buena parte de los compradores de la obra de Hirst provienen de Wall Street—. Un ejemplo es el caso de Steve Cohen, que pagó 8 millones de dólares por el tiburón embalsamado para luego cederlo al Met neoyorkino. Esta reconocida pieza de Hirst, que contenía 4360 galones de formaldehído —procedimiento que, sin embargo, no evitó que el escualo se pudriera y Damien tuviera que cambiarlo por uno nuevo—, salió de uno de los seis talleres que tiene en el sur de Londres, donde trabajan 120 personas. La obra referida, titulada La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo, aborda un tema recurrente. Como explica Michael Kimmelman —crítico de The New York Times—, «las máquinas conceptuales son un cóctel de muerte, celebridad, sexo y tecnología». Todo ello, sumado a una gran capacidad de autogestión y marketing, ha transformado a Hirst en el artista contemporáneo de mayor cotización mundial.
Con solo 43 años y cultivando una imagen rockera —suele usar el anillo de Keith Richards y los anteojos de Bono—, el caprichoso artista pasó su infancia en un suburbio industrial de Bristol, junto a su madre. No conoció a su padre biológico, y su padre adoptivo lo abandonó cuando tenía 12 años. En la actualidad, la celebridad británica tiene más de treinta propiedades. Él, su mujer y sus tres hijos viven en una granja en Devon, estancia que interrumpe cuando viaja a Londres alojándose en el exclusivo hotel Claridge’s, o cuando se traslada a su otra residencia en México, ya que su mujer Maia Norman adora practicar surf en las olas de Baja California.
Su actual notoriedad se la debe en parte a Charles Saatchi —fundador de la agencia Saatchi & Saatchi— y al ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani. El publicista, que tenía entre sus clientes a Margaret Thatcher, empezó a comprar obras compulsivamente hasta que rompieron relaciones en el 2003 y Hirst le compró su propia obra en 15 millones de dólares. La incidencia de Giuliani se produjo cuando lideró una cruzada contra la exposición Sensation, que se desarrollaba en el Brooklyn Museum, defendiendo sus convicciones religiosas; lo que más lo mortificó en la referida ocasión fue el retrato de la Virgen María hecho con heces de elefante, de Chris Ofili.
No es la búsqueda formal lo que distingue a Hirst, ni su temática referida a la muerte, ni su zoológico seccionado, ni las moscas electrocutadas, ni las cabezas putrefactas, ni las calaveras con diamantes. Su éxito radica en comprender las coordenadas que gobiernan al arte; en entender que la representación abrió paso a la exhibición, y que el arte del pensamiento mutó en gestión, marketing, autopromoción y en «el amor al dinero» como él mismo proclama. Naturalmente, es imposible comparar la obra de Duchamp y la dimensión de su ruptura —más allá de las distintas disquisiciones que se puedan hacer de ella— con la obra de Hirst. Es necesario bucear en el concepto de contemporaneidad para desentrañar lo perdurable de lo superfluo. Al decir del filósofo Giorgio Agamben: «La distancia y a la vez la cercanía que definen la contemporaneidad tienen su fundamento en esa proximidad con el origen, que en ningún punto late con tanta fuerza como en el presente. Esto significa que el contemporáneo no es solo quien, percibiendo la sombra del presente, aprehende su luz invendible; es también quien, dividiendo e interpolando el tiempo, está en condiciones de transformarlo y ponerlo en relación con los otros tiempos, de leer en él de manera inédita la historia, citarla según una necesidad que no proviene en absoluto de su arbitrio, sino de una exigencia que él no puede dejar de responder».
RECUADRO CON FOTO
Acaba de reeditarse el libro de bolsillo Notes, de Marcel Duchamp. Se trata de una recopilación de notas realizada por el artista estadounidense Paul Matisse luego de la muerte del autor, y publicadas en una edición de lujo en tiraje limitado en ocasión de la exposición inaugural del Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou, en marzo de1980. Este libro corresponde a la segunda entrega de los escritos publicados por Editions Flammarion en edición de bolsillo (el primero, originalmente aparecido en 1958, se titula Duchamp du signe). El libro comienza con una introducción a cargo del historiador sueco Pontus Hultén (1924-2006) a la que le siguen los cuatro capítulos que componen el cuerpo de este material: «Inframince», «Le grand verre», «Projets», y «Jeux de mots». (Marcel Duchamp. Notes, París: Editions Flammarion, 2008, 160 pp.)

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